Texto curatorial para “Paisaje íntimo”

“El olvidado asombro de estar vivos…”

—Octavio Paz, Piedra de sol

¿Por qué olvidamos? Quizá la explicación más simple es que la marcha irreversible de los años es una sentencia certera. Nuestro tiempo sucede y no se detiene hasta que se nos agota. La vida es huidiza y nos consume en actividades carentes de sentido, quizá por ello somos selectivos con nuestros recuerdos y conservamos siempre lo que para nosotros es más significativo. Sin embargo, también tenemos la inhabilidad para recordar con precisión, entonces reconstruimos el pasado con fragmentos más parecidos a la ficción que a la realidad, narrando nuestra historia personal con tintes incluso literarios. Recordar con claridad a veces se vuelve un prodigio. Es así que, la ficción y lo real se evocan asimétricamente en armonía entre las formas más complejas de nuestra memoria. Tal vez esa es la sinrazón por la que nos empeñamos en guardar en los objetos el tiempo vivido; coleccionamos experiencias fortuitas, historias, emociones, sueños e incluso personas, imbuyendo en los objetos nuestra quimérica reminiscencia del momento. ¿Cuántos de nosotros no hemos atesorado una piedra, o hemos apresado el compromiso con una persona en un anillo? ¿Cuántos de nosotros no tenemos una caja de recuerdos llena con cosas aparentemente inservibles?

Mientras la realidad se marchita con el paso de los días, los paisajes interiores reverdecen en la obra de Mariana Romero, que rescata asombrosamente aquellos objetos inadvertidos de los rincones más absurdos, lugares sombríos alejados de nuestra recóndita razón, pero presentados en lo sublime de la lucidez y la invención. Una suerte de metafísica y alquimia logra la artista al transfigurar estos objetos en artefactos, saciándolos de una eléctrica carga onírica, en un intento por resguardarlos en sí misma de la más poderosa calamidad, la del olvido.

Estos vívidos artilugios, con su hechizada presencia, también son espejos que te observan con gran detalle. Son parajes estáticos que merodean el horizonte frondoso del silencio. Pareciera que nuestra mirada invisible vuela con perfecto equilibrio hacia estos no-lugares aparentemente inertes e insignificantes, conectándonos paradójicamente con su profundo significado. Así, cada rincón oscuro de nuestra memoria es un cajón, cada botón una blusa que alguien usó con derramada pasión, cada piedra un recordatorio del camino andado, cada papel una sombra honda de un árbol, cada remembranza una ventana abierta hacia ese tiempo fugitivo. De esta forma, Mariana Romero no sólo logra penetrar con la mente a la materia, sino que le confiere un nuevo sentido hermético, re-significando cada resquicio y cada recuerdo con el azoro de quien contempla el perpetuo movimiento entre la vida y la muerte. Y con esa extraordinaria belleza, tremendamente parecida a un sueño lúcido, logra expresarnos cómo transcurre la memoria en ese tiempo suspendido, frágil como una burbuja que se revienta al instante del despertar. Sin duda, esta exposición es una oportunidad para erguirse y perder los ojos dentro del vasto paisaje mental. Una reflexión para encontrarse en lo despierto que se confabula para deshabitar el olvido y que finalmente puede revelar en nosotros el asombro que alguna vez tuvieron nuestras vidas.

Javier Tinajero R.

 Agosto de 2013, Ciudad de México.

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