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Ramas y raíces

¿El acto creativo necesita alguna justificación? ¿necesitamos un pretexto para comenzar? ¿O necesitamos más bien adentrarnos en el laberinto y seguir el hilo de Ariadna hasta encontrar el origen del manantial?

He querido encarrilarme, subirme a un tren que me lleve sin tanto esfuerzo de una estación a otra. Así, tal vez, no tendría  que seguir caminando en círculos o espirales pensando que “hay algo más allá afuera”.

Tantas cosas por conocer y por descubrir. Muchas veces me pregunto: ¿Cuántas canciones están sonando ahora, en la misma frecuencia que mis latidos, a miles de kilómetros de distancia? ¿cuántas historias que revelen realidades distintas? ¿cuántos libros desconocidos que podrían reconfigurar mi pensamiento?

Adentro y afuera, una frontera ilusoria… mis capas de piel, piel de cebolla, la corteza que sangra, una savia cristalina buscando la luz.

¿Quién soy? ¿De qué estoy hecha? Tejidos que resguardan historias secretas, fibras sensibles, universo oscuro dónde habitan las entrañas, multiplicidad de impulsos eléctricos, flujo mental, pensamiento encadenado, percepciones…

Si se acabara mi vida inesperadamente en medio un terremoto, o algún día gris y solitario adentro de un estacionamiento: ¿Tendría tiempo de repasarlo todo, de saber que me llevo de esta vida y a dónde me dirijo? Si me tocara la suerte de ser víctima de un atraque violento y sin sentido (como tantas mujeres y hombres en este país) ¿tendría tiempo de despedirme del mundo, de absorber por última vez el néctar luminoso de la vida?

¿Qué quedaría de mi en este mundo? ¿Qué permanecerá en la memoria de quienes amé y me amaron?

No soy isla, el mundo perméa mi membrana, mi piel se desgasta en las sábanas y se renueva con la proximidad  de otros cuerpos, testigos de lo cotidiano: árboles, manos, muebles, besos, heridas, bellos capilares.

Mi epitafio no podría ser más que un recuento de lo que he amado, de forma discreta o explosiva, distante o cercana, paulatina o abrupta, silenciosa y cotidianamente… las canciones en la regadera, ciertas palabras, miradas en las que es posible reflejarse, los pequeños gestos que rompen la indiferencia.

Lo que quede de mí no será un gran legado, ningún descubrimiento trascendental, apenas un tacto discreto, abrazos sinceros, la voluntad de romper los muros que nos separan, de lanzar anzuelos hacia la otra orilla y rescatar peces dorados que incendien los caminos. Siguiendo el rastro de esos momentos donde aún somos capaces de encontrarnos y de pronunciar palabras verdaderas, de arrullar los sueños que nos transportan a otros mundos posibles. Caminando a tientas para redescubrir las huellas desdibujadas por la erosión del tiempo y reventadas por la furia de las guerras, aquellos senderos una y otra vez trazados por mujeres y hombres que han luchado para rasgar los velos que oscurecen el entendimiento.

Hoy, buscando un pretexto para empezar a crear algo nuevo, resolví sentarme a escribir estas líneas, disfrutando la nueva disposición de los muebles en mi estudio, y la posibilidad de tener tiempo libre, tiempo para mí, para estar, para desanudar al tiempo comprimido, atrapado entre los relojes y las citas, y la necesidad de ser “productivos” y “útiles”.

En esta tarde fría de invierno, con las manos casi congeladas y las sensación de poder descansar después de una larga travesía, respiro, escucho la música que misteriosamente sale de mi bocina roja y vuelvo a ser consciente de estar viviendo un momento único e irrepetible.

En mi experiencia, antes de las palabras y las imágenes, están las sensaciones. Muchas veces, sensaciones contundentes en el cuerpo pero vagas y amorfas al tratar de traducirlas con colores, formas o palabras. ¿Necesito aún un pretexto para empezar? ¿Necesito seguir justificándome con un cúmulo de palabras ordenadas que aclaren mis intenciones?

Puedo decir hoy, para comenzar, que quisiera sin mayores rodeos y explicaciones, empezar a juntar pedazos y armar nuevas historias, darle vida a mis paisajes interiores, y dejar un vestigio de todas las cosas que me inspiran en lo cotidiano, de los hilos invisibles que me mantienen en conexión con la vida y con el tiempo que comparto con todos los que habitan este cosmos.

No somos nada sin las historias que nos contamos, cuentos fantásticos entre las sábanas, sueños vagamente recordados al despertar, mitos ancestrales alrededor del fuego. No somos nada sin las voces entrelazadas que configuran nuestros tejidos, mensajes cifrados en códigos genéticos, laberintos de conexiones sinápticas, heridas primordiales, huellas del contacto con el mundo, la búsqueda incansable de algo más que no es otra cosa que nosotros mismos. No fue ingenuo cambiar el oro por espejos, pero solamente en el silencio de mirarnos abrimos las ventanas que nos muestran la vastedad del horizonte.

¿Cuál será el hilo conductor de mis próximas creaciones? Sólo quiero dejar un rastro de todas las cosas que me han salvado del ahogo y me mantienen a flote. ¿Para qué sirven la música, la poesía, la danza o la pintura encerradas entre lienzos y paredes, en medio de este mundo instrumental, ensombrecido por la abrumadora realidad de luchar para “ganarse el pan de cada día” y no ser aplastado por los escombros metafóricos y reales de un edificio a punto de derrumbarse?

Quería encontrar un texto, algo específico que me ayudara a delimitar el terreno para empezar a construir – La palabra texto viene del latín textere que significa tejer– Yo apenas se tejer, tampoco he tenido mucho contacto con hilos y agujas en mi vida, sin embargo busco remendar retazos para construir algo nuevo…

Son esos tejidos las raíces que me inyectan de vida, aún entre el desamparo y la soledad que a veces me atormentan o me acompañan discretamente, y lo que pueda hacer crecer de ellas serán las ramas que se asomen en las ventanas que abra para compartir con quienes amo y también con todos ustedes, desconocidos, miradas aún por descubrir, historias por conquistar, tramas y urdimbres trasparentes del porvenir.

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